jueves, 15 de septiembre de 2011

De la Letra Chica... al Contagio

Parece que con los años, lamentablemente nos hemos convertido en buenos representantes de esa letra chica, es decir, expertos para mostrar o aceptar promesas que lucen mejor de lo que realmente son, o sea: "hacer que parezca algo, sabiendo que terminará siéndo distinto a lo que se pretendía mostrar o comprometer". En la práctica, hoy esto se refleja en muchos contratos de todo tipo con instituciones públicas y privadas y que lamentablemente todos nosotros terminamos firmando.


¿Somos parte de esa “letra chica”?
Mi reflexión es que estamos sumergidos en esta cultura que entre todos hemos venido creando, donde se avala una suerte de engaño, de falta de transparencia que hoy parece institucionalizado, cubriendo casi todos los ámbitos y dominios de nuestra vida personal y laboral. Indudablemente, es algo que viene desde consentir e incluso premiar “la pillería del chileno” como un bien nacional. Lo hacemos en todas partes, poniéndonos en dos filas en el supermercado, llamando a un conocido para que nos atiendan antes, y tantas otras formas de "vivezas" que no son otra cosa que una cultura donde no nos respetamos unos a otros. A mi juicio, todas estas conductas son las que terminan transformándose en los delitos de cuello y corbata, como los conocidos recientemente en la industria del “retail”.

Al parecer, dado los acontecimientos recientes por la educación, cada vez es más evidente la necesidad de una mayor transparencia como sociedad - y ojala no sólo sea una buena noticia – sin embargo, todo cambio tiene su costo, y desde ahí, me surgió la pregunta: ¿A caso no somos todos parte de esa letra chica? Yo pienso que sí somos parte, y que lo seguiremos siendo en la medida que no tomemos consciencia de ello, y no nos comprometamos a cambiar y a demostrarlo con nuestra forma de actuar en el día a día.  

Ya lo dijo un gran humorista nacional en un festival de la canción en Viña de Mar: lo relevante es la presencia-presente en el trabajo, con la pareja o con los hijos. Es decir, no basta con estar físicamente en un lugar, si en realidad estamos con la mente ocupada en otra parte. Desde mi perspectiva, esta actitud es el origen y la sustentación de la letra chica. Es ese acostumbramiento o aceptación consciente del engaño velado en una apariencia; lo que para mi equivale a la letra chica. La letra grande - o sea, lo que se ve - dice que estamos físicamente ahí y la letra chica - donde realmente estamos- es otra bien diferente y que no se explicita.

En mi opinión, esta forma de comportamiento donde mostramos e incluso decimos algo, y en realidad estamos pensando otra cosa diferente es el germen, el origen de esta cultura de la letra chica, de la apariencia, de la ambigüedad, que finalmente redunda en la desconfianza y en el temor que hoy cubre a buena parte de nuestra sociedad y que se manifiesta cada vez con más fuerza.

Parece que preferimos seguir igual y "pasar piola" 
Esto no es solo algo que otros nos hacen – que sería la manera simplista – ni tampoco es algo que nosotros le hacemos a otros, es algo que todos nos hacemos unos a otros, todos los días. Nosotros mismos hemos permitido que desaparezca la coherencia entre nuestro decir y nuestro actuar; nos hemos dejado llevar por el individualismo y las apariencias, por 'el fin justifica los medios' y la pérdida de valores que eso conlleva. Con demasiada frecuencia nos justificamos y optamos por la comodidad de abrazar lo relativo, lo que está de moda - como que hoy ya nada es bueno ni mal, sino que todo depende: depende de las circunstancias o de quién o de quienes lo digan o hagan. Este camino incluso ha dañado severamente la confianza ciudadana sobre importantes instituciones políticas y religiosas que suponíamos debían ser un ejemplo y sustentación de nuestra sociedad.  

¿Dónde perdimos la coherencia? O sea, la forma de vivir y de actuar sustentada en hacer las cosas correctas con respeto para mí y para los demás; prometer aquello por lo que estoy sinceramente comprometido a cumplir, dejando fuera las escusas y 'el empedrado'. Cómo no reflexionar sobre el impacto que tiene todo esto en los diferentes roles que nos toca vivir como: hijos, alumnos, cónyuges, padres, profesores, profesionales, empleados, empresarios, etc. en muchos de los cuales, incluso ya hemos perdido la capacidad de asombro. ¿Cuánto cuidado y compromiso le adjudicamos hoy a reflexionar sobre nuestra forma de actuar y de reaccionar? ¿Qué tanto temor tenemos de exponernos al error, al fracaso o a sostener ignorancia sobre un tema? ¿O será que preferimos pasar piola?

No hay soluciones sin compromiso personal
Tengo la esperanza que las nuevas generaciones tendrán el coraje y la convicción para transparentar, para jugárselas por una sociedad más humana y más responsable. Ahora, eso no justifica que no podamos hacer algo en el intertanto; pienso que es perfectamente posible iniciar el camino hacia donde la relación y el respecto por el otro sean no sólo necesarios, sino que sean el fundamento y la motivación para conseguir los objetivos buscados, sin ir en desmedro de los demás, del entorno o del medio ambiente. Buscar un sano equilibrio entre lograr los propios objetivos y los legítimos objetivos de otros. Luchar contra el individualismo destructivo es una tarea personal, y no podemos esperar que otros cambien para cambiar nosotros a continuación, es al revés, y así lo dijo y demostró Gandhi, sabiamente hace décadas: “si quieres cambiar el mundo, comienza cambiando tú primero”.

Desde mi mirada, lo primero es tomar consciencia de esto, de lo importante y urgente que es modificar nuestra conducta en lo personal. Desde mi experiencia, se puede comenzar de a poco con pequeños cambios o aprendizajes que ayuden a seguir avanzando. Por ejemplo, por qué no partir con un acto tan simple y fácil de hacer como es saludar. El saludo es un sencillo y poderoso acto humano que nutre la conexión, y que todos no solo tenemos disponible sino que además, lo podemos realizar en cualquier momento y lugar, por ejemplo: cada vez que subimos a un ascensor o saludar a la cajera en el supermercado o al chofer del bus, o al vigilante o a la recepcionista. No hacerlo equivale a ignorarlos, a la letra chica, es como avalar que "no existen". El objetivo de saludar es ampliar esa conexión, conocer el nombre de los vecinos, del conserje donde vivimos. Preguntar y tratar por el nombre a quién nos atiende en un restorán o una tienda. Si bien la idea es conectarse lo que le dá verdadero sentido es hacerlo en forma interesada y sincera. Estoy convencido que haciendo pequeñas cosas como estas podremos ser portadores de un virus positivo, que se puede transformar en un hábito en muchas más personas. 

A mí me ha hecho sentido y me ha funcionado. Como recompensa - desde hace 3 años - yo siento que al darles existencia con mi saludo, he recibido la gratitud o la sonrisa de muchas de esas personas, lo cual me motiva a seguir contagiando… ¡Inténtalo, además es gratis!